Bebo de la botella, los soldados que caminan alrededor gritan alborozados animándome a hacer un trago largo, pero me contengo. La idea no es vomitarlo todo. Tiene que hacer efecto. Hay que ir de a poco.
A medida que avanzamos el golpe inicial de rechazo va desapareciendo en cada trago y la acostumbrada sensación de calidez vuelve al cuerpo. Me animo a unirme a los cantos de los viejos y me apresuro a alcanzar su grupete. Me abandono al viento y ambiente, y río a carcajadas. Seguimos compartiendo la botella entre todos. Me dan, doy, soy generoso ¿Por qué no serlo?
El sol puja por entre las nubes para alcanzarnos, y nosotros ya estamos llegando a la cima donde el viento es más fuerte. Empezamos a bailar allí al ritmo del canto que sube en volumen. Empezamos a girar y dar vueltas y más vueltas, y el oleaje del fondo se mezcla con el sonido del viento en los oídos, y uno siente que todo gira alocadamente, uno se marea, y ya no hay canto, ni dolor, pero la velocidad es cada vez más frenética, pasa tierra y piedra y algas en un espiral al abismo de sombra y muerte.
FIN.